“La promulgación del Papa Francisco de la beatificación de nuestra querida hermana Aguchita es sin duda una gracia extraordinaria para todos nosotros y para todo el pueblo de Dios”.
Antonia Luzmila Rivas López, hija del Ande peruano, y la primera de los once retoños de Dámaso Rivas y Modesta López. Nació el 13 de junio de 1920 en Coracora (provincia de Ayacucho, Perú, conocido como el “rincón de los muertos”). Los padres proporcionaron a sus hijos un ambiente de fe, piedad, humildad, comprensión y servicio, especialmente hacia los más pobres. Antonia Luzmila fue bautizada 11 días después de su nacimiento en la parroquia de su pequeño pueblo. En 1933, en Lima, ingresó en el Instituto Sevilla, dirigido por la Congregación de Nuestra Señora de la Caridad del Buen Pastor, donde se alojaban y formaban niñas pobres.
Atraída por el servicio de las Hermanas, reconoció claramente la llamada de Jesús Buen Pastor y así, una vez terminados los estudios, entró primero como postulante y después tomó el hábito de novicia, con el nombre de “María Agustina de Jesús”. De cariño le dirán, le decimos, “Aguchita”.
Durante su formación estudió la vida de Santa María Eufrasia, San Juan Eudes y los Anales de la Congregación, con entusiasmo, pasión y creatividad, para enriquecer su conocimiento del carisma.
El 8 de febrero de 1944, fiesta del Corazón Inmaculado de María, hizo su primera profesión religiosa, emitiendo los tres votos de pobreza, castidad y obediencia y el cuarto voto de celo, concretando su compromiso con la misión y el carisma. María Agustina tenía 24 años. El 13 de septiembre de ese mismo año, murió su padre Dámaso.
El 8 de febrero de 1949 hizo su profesión perpetua a la edad de 29 años, renovando su compromiso, su entrega y alegría. A partir de entonces todos la llamarían cariñosamente “Aguchita” o “Agucha”.
El 17 de diciembre de 1952 fallece su madre. La triste noticia fue compensada, sin embargo, por la alegría de saber que su hermano César ingresa en la Congregación del Santísimo Redentor (Redentoristas).
De 1963 a 1967 trabajó en la casa de Barrios Altos, Lima, como directora de la lavandería, donde no dejó de evangelizar a las jóvenes internas al cuidado de la Congregación y ser modelo de servicio humilde y abnegado para las jóvenes religiosas en formación.
Además de los encargos de la Congregación, con una gran entrega a los pobres y a las madres de familia, organizó comedores populares y clubes de madres, donde les enseñó a ganarse la vida con su propio trabajo.
Pasó cinco años, de 1970 a 1975, como enfermera en la comunidad de las Hermanas Contemplativas del Buen Pastor, acompañándolas, compartiendo lo que sabía, animándolas a alimentar su espíritu de celo y su dedicación a los difíciles casos de mujeres maltratadas, a través de sus oraciones y sacrificios.
En 1976 formó la recién creada comunidad Reina de la Paz ubicada en Salamanca – Lima, cuyas actividades se centraban en servicios de asistencia, promoción y prevención para menores adolescentes, entre 11 y 18 años de edad, que se encontraban en situación de abandono, riesgo social y extrema pobreza.
En 1986, fue designada para acompañar a la maestra de novicias en la comunidad de Barrios Altos, donde permaneció hasta 1988.
Desde marzo de 1980, la Congregación se encuentra presente en la zona de La Florida (provincia de Chanchamayo, departamento de Junín, Perú), siendo presencia del Buen Pastor a través de la promoción, capacitación y evangelización de la mujer nativa y colona. Las Hermanas organizaron una pastoral educativa y juvenil; además, proyectos que buscaban promover la capacitación de la mujer de la zona por medio de una educación integral que las convierta en protagonistas y promotoras de otras mujeres.
Ese mismo año, el Partido Comunista Peruano Sendero Luminoso inició sus actividades terroristas. La comunidad del Buen Pastor era la única presencia estable de la Iglesia en toda la zona. La Congregación y las Hermanas, después de un 2 ANTONIA LUZMILA RIVAS LÓPEZ — AGUCHITA discernimiento, optaron por quedarse para seguir ayudando y acompañando a la población a pesar del peligro que esto implicaba. La labor apostólica de las hermanas se extendió a las comunidades vecinas mediante programas de salud, educación, nutrición, alfabetización, artesanía y catequesis familiar.
En marzo de 1988, Aguchita fue enviada por la Provincial para trabajar y fortalecer el equipo que venía trabajando en el proyecto de promoción de la mujer y ayudar a la comunidad con su experiencia. Aguchita se entusiasmó enseguida con la idea de poder ser por fin misionera, sintiendo un profundo deseo hecho realidad. Era consciente del riesgo que se corría en esa zona.
Durante las incursiones de los grupos subversivos en el Valle de Yurinaqui, en más de una ocasión, las religiosas consideraron la posibilidad de suspender la misión, pero pesó más la responsabilidad y la conciencia de lo que significaba su presencia como mensaje de paz y esperanza en esos dramáticos momentos. En este contexto, la comunidad y Aguchita habían manifestado personalmente su deseo de permanecer allí. En 1989, para comprender mejor la situación del país, Aguchita participó en un encuentro nacional sobre la no violencia, dirigido por el padre Ernesto Ranley, de la Congregación de los Misioneros de la Preciosa Sangre.
Tras un breve retiro en Lima en enero de 1990, regresó a La Florida para retomar la misión, a pesar de quedar pendiente una intervención quirúrgica de cataratas.
El 27 de septiembre de 1990, un grupo de miembros de Sendero Luminoso, compuesto en su mayoría por jóvenes, irrumpió en La Florida y convocó a toda la población a una asamblea. En ese momento, la hermana Agustina estaba con un grupo de niñas, dándoles clases de cocina.
Cuando se reunió con los demás en la plaza central, la obligaron a ponerse en fila junto a otras cinco personas. Traían una lista de las personas que iban a ejecutar, entre ellas una religiosa. Eran acusadas de manipular a los niños con la educación y de criticar la violencia; además de difundir un mensaje de paz y justicia, de organizar a la población y de repartir víveres; de apoyar a los asháninkas. Después saquearon los almacenes de la Cooperativa y la posta médica, siguieron con sus frecuentes amenazas y dispersaron a la población. La ejecución, que se produjo en cuestión de segundos, dejó a seis personas muertas en el suelo. Aguchita fue la última y como siempre hizo intercedió ante Dios y ante los ejecutores por sus hermanos de martirio.
Aguchita, que a lo largo de su vida dio testimonio del seguimiento fiel de Jesús Buen Pastor, viviendo el carisma del amor, la misericordia, la acogida y la reconciliación, entregó su vida a Dios mientras enseñaba a unas niñas e imploraba misericordia para su pueblo.
Importancia del martirio de Aguchita para la Iglesia de su tiempo y para la Iglesia de hoy
La relevancia del testimonio de Aguchita, tiene una doble vertiente: Reflexionar y detenerse en su vida es especialmente luminoso para nuestra Iglesia actual y el martirio en sí, para la Iglesia peruana de su tiempo.
En cuanto al primer elemento, la vida de Aguchita se muestra de plena actualidad. Sorprende ver las coincidencias, en su vida cotidiana, con las líneas maestras de la iglesia actual señaladas por el Magisterio de los últimos años: Papa Francisco, Sínodos, CELAM, etc… Compartimos algunos de ellos.
La alegría de anunciar el Evangelio que empuja a la iglesia en su salida misionera, enfatizada por el Papa Francisco en su Exhortación Apostólica Evangelii Gaudium, se refleja en la misma dedicación y alegría que Aguchita mostró en su misión, en la catequesis a los pobres y a las madres necesitadas, y de igual manera a los muchos alumnos que la tuvieron como educadora. De ella aprendieron no sólo enseñanzas prácticas, sino mensajes de vida y fragmentos del Evangelio. La hermana Aguchita, de hecho, se convirtió en un testigo del cristiano que se desvive por lo que cree, que difunde a Cristo y su mensaje en cada ocasión que se le ofrece y las que ella misma buscaba en sus salidas. Su apostolado catequético fue recordado muchas veces por los testigos, que la veían ir de un 3 ANTONIA LUZMILA RIVAS LÓPEZ — AGUCHITA lado a otro con estampas e imágenes santas en su bolso para regalarlas a quienes encontraba, leyendo la Biblia y ensañando a leerla a sus mamás y a los niños de La Florida, o simplemente transmitiendo a Dios a través de una palabra de consuelo y esperanza.
Aguchita refleja su relevancia como religiosa en un contexto eclesial moderno en el que el Papa recuerda constantemente a los fieles la importancia de la vida consagrada. Una vez más los testimonios de quienes la conocieron nos recuerdan lo mucho que la Hermana Agustina ha transmitido, con su vida, en sus acciones y sus obras, un modelo ejemplar de religiosa entregada y obediente, sumamente cuidadosa de cada hermana y de la vida comunitaria. Veía a Dios en todo y se lo mostraba a los demás. Las novicias que tuvieron la oportunidad de compartir con ella recuerdan que se sintieron conmovidas por la sencillez y el celo que mostró.
Lo mismo puede decirse con referencia al Amor misericordioso. El carisma de la Congregación del Buen Pastor, a la que pertenecía Aguchita, consiste precisamente en hacer presente, allí donde más se necesita, la misericordia y el amor de Jesús, el Buen Pastor, que da la vida por sus ovejas. En su vida como hermana profesa y particularmente en los últimos años de su misión, la hermana Agustina dio pruebas fehacientes de cómo encarnar este carisma en lo cotidiano y sencillo de la vida, preocupada por las ovejas más débiles, enfermas y las descarriadas. Por ejemplo, oraba y pedía oraciones por los “compañeros”, “nuestras ovejas extraviadas”.
Desde niña sintió toda la creación como una transparencia de Dios y de su Amor por nosotros. Vivió y enseñó un respeto y cuidado exquisito, fue innovadora recicladora y aprovechadora de todo lo que Dios ha puesto a nuestro alcance para nuestro provecho y de los que nos rodean. Todo valía para ella, algo se podía aprovechar. Fue una concreción adelantada en la vida cotidiana de los gestos ordinarios que pide el Papa Francisco en su Carta Encíclica Laudato Si’.
No hay que pasar por alto el esmero que mostró, a través de su Congregación, hacia las madres pobres, las familias en general y por la redención y la justicia social de las mujeres, buscando que fuesen protagonistas de su vida, de su familia, del desarrollo local y de su iglesia.
Preocupada por la paz y la vida digna en sus familias. Decía a las mamás “ustedes son las mejores maestras” ¡Cuántas familias acompañó y acercó a Dios!, con tacto, con paciencia, con cariño 30 años antes de la Exhortación Amoris Laetitia.
Aguchita es esa mujer santa, “de la puerta de al lado”. Si no fuese por su martirio hubiera pasado desapercibida para la mayoría.
Siempre soñó ser misionera en la selva y Dios se lo concedió con creces. Le permitió disfrutar de nuestra hermosa Amazonía y trabajar con sus acogedores pobladores, tanto colonos como nativos. De yapa, permitió que riegue esta fértil tierra con su sangre fecunda, entregada e intercesora.
Por último, el martirio de Aguchita es un fruto maduro de la iglesia peruana: se germinó y creció en la sierra, floreció y maduró en la costa y fue sembrado, para multiplicarse, en la selva. Hija de nuestra iglesia, mujer campesina de la sierra, del Perú profundo, emigrante en la caótica Lima, religiosa formada en Perú, promotora de las jóvenes y mujeres peruanas, mártir del terrorismo, de las hambrunas y paquetazos. La hermana Agustina es nuestra, de todos los peruanos y peruanas, fruto maduro de una iglesia que se debate por crecer y madurar, por hacerse adulta, por aceptar y enriquecerse de toda la variedad de culturas que alberga el Perú.
En estos tiempos de pandemia, Aguchita nos invita a caminar confiando en todo momento en la presencia de Dios, viviendo en solidaridad y compromiso con el hermano y hermana; hijos de una misma iglesia, rica en su diversidad.
Fuente envío Carta Equipo de Liderazgo Congregacional. 22 de mayo de 2021
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