Los evangelios nos hablan de grandes y muy interesantes mujeres que hicieron historia en la vida de Jesús y por ende han dejado huella para sus seguidores. Entre ellas, la figura de María Magdalena que no queremos dejar pasar en este artículo que hoy tienen ante sus ojos. María de Magdalena, la mujer que supo interpretar el amor puro de Jesús, la que sabía que al maestro se le hallaba en la madrugada, muy temprano, cuando apenas llegaban los primeros rayos del sol. Y es que cuando algo y alguien dejan huella en nuestras vidas, el corazón anhela abrir sus ojos para contemplarle y quiere siempre ser el primero en dejarse encontrar por él.

María abrió su corazón a la luz del Espíritu porque estaba convencida que sus lágrimas, causadas por la ausencia del Amado, solo serían sanadas si se dejaban transformar por aquél que bien le había herido en lo más hondo de su ser.

En un mundo en constante cambio, donde el anhelo de sentido se desgasta ante las efímeras propuestas que vienen del ser humano, María Magdalena, nos enseña que hay que experimentar la sed para saber que existe un manantial de agua que no se acaba, que sostiene la vida y la dirige pero esa agua muchas veces la hallamos en medio de nuestro desierto, allí donde el dolor acosa, donde la duda brinda esperanza, donde la noche se hace luz y donde el Amor de nuestra alma se manifiesta doblegada ante la caricia de su criatura.

Agradecemos a María Eufrasia que en su anhelo de hacer realidad el sueño de su corazón se le ocurrió darnos por patrona a la mujer que bebió y se alimentó al lado de Jesús, María Magdalena, la enamorada, la que permanece siempre fiel, la que dejó que el amado susurrase a su oído y conquistara su corazón para luego convertirse en el símbolo de la vida nueva, de una vida en transformación que sacude los corazones que siguen anclados esperando ver el nuevo amanecer pero que en el fondo tienen rotas las esperanzas y dividido el corazón.

Que María Magdalena nos continúe cuestionando sobre el discipulado de Jesús y nos enseñe cómo tejer las prendas rotas de nuestra vida para llegar a ser tejido nuevo donde la humanidad pueda cobijarse mientras llega la manifestación plena del Amor.

Por: Elida Correa Ruiz, religiosa Contemplativa.